Sociedad reconocida de utilidad pública
Capital: 5.000.000 de francos
Domicilio central en París: 73, boulevard Montparnasse.
Sucursales de Lyon. Burdeos, Marsella, Dublín, Montecarlo, San Francisco.
Gracias a unos modernos dispositivos, la A.G.S. se siente dichosa de poder anunciar a sus clientes que les procura una MUERTE GARANTIZADA e INMEDIATA, cosa que seducirá forzosamente a quienes se han apartado del suicidio por el temor de "fallar". Ha sido pensado en la eliminación de los desesperados, temible elemento de contaminación en una sociedad, que el Señor Ministro del Interior se ha dignado honrar a nuestro Establecimiento con la Presidencia de Honor.
Por otra parte, la A.G.S. ofrece finalmente un medio algo correcto de bandonar la vida, pues la muerte es el único de todos los desfallecimientos que jamás se disculpa. Es así que se han organizado los entierros-expreso: banquete, desfile de amigos y conocidos, fotografía (o mascarilla postmortem, a elección), entrega de recuerdos, suicidio, colocación en el ataúd, ceremonia religiosa (facultativa), traslado del cadáver al cementerio. La A.G.S. se encarga de ejecutar as últimas voluntades de los Señores Clientes.
NOTA. Por no estar asimilado el establecimiento a la vía pública, en ninún caso los cadáveres serán transportados al Depósito, esto para tranquilizar a algunas familias.
Tarifas
Electrocución -------------------- 200 f.
Revólver ------------------------- 100 f.
Veneno ---------------------------100 f.
Inmersión ------------------------ 50 f.
Muerte perfumada
(incluido el impuesto de lujo) ------ 500 f.
Ahorcamiento.
Suicidio para pobres -------------- 5 f.
(La soga se vende por separado al precio de
20 f. el metro y 5 f. por cada diez centímetros
suplementarios.)
Pedir el Catálogo especial a los Express-Enterrements. Para toda clase de informaciones, dirigirse al Sr. J. Rigaut, Administrador principal, 73, boulevard Montparnasse, París (6º). No se dará ninguna respuesta a personas que expresen deseo de asistir al suicidio.
**** JACQUES RIGAUT (1899-1929)
El 5 de noviembre de 1929 su corazón alojó una bala con la que consumó un suicidio, para todos anunciado.
( Del libro SUICIDAS - Antología)
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domingo, 25 de enero de 2009
sábado, 23 de diciembre de 2006
Patriotismo
| Patriotismo de Yukio Mishima “… Los ojos del hombre se fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. Colocando la espada frente a él, se alzó ligeramente sobre los muslos e inclinó la parte superior del cuerpo sobre la punta de la espada. La excesiva tensión que presentaba la tela del uniforme, indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas. Se proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su grito agudo traspasó el silencio de la habitación. Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago como con una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró vertiginosamente y no recordó cuanto había sucedido. Los doce o quince centímetros de punta desnuda había desaparecido completamente en su carne, y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado le presionaba directamente sobre el estómago. Recuperó la conciencia. Pensó en que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes. El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo. ¿Es esto el seppuku?, pensó. Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girar como bajo el efecto de una enorme borrachera. Su fuerza de voluntad y su coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido, ahora, a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar, asido a esa fibra con toda su desesperación. Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que, tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados de sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de esa agonía, las cosas visibles pudieran todavía ser vistas y las cosas existentes, existir … Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de lado a lado. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí… Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros. El dolor se extendió como una campana que sonora en forma salvaje… no podía contener los gemidos. Pero la hoja se había abierto camino hasta debajo del ombligo… Cuando pudo, por fin, desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortada superficialmente y era posible contemplar su punta desnuda resbalosa de sangre y de grasa. Atacado súbitamente por terribles vómitos, gritó roncamente. Los vómitos volvieron aún más horrendo el dolor, y el estómago, que hasta aquel moemtno se había mantenido firme y compacto, explotó de repente, dejando que las entrañas reventaran por la herida abierta… La cabeza del hombre se abatió, sus hombros se estremecieron y un fino hilo de saliva goteó de su boca. …El rostro no era el de un hombre con vida. Los ojos estaban vacíos, la piel lívida, las mejillas y los labios tenían el color de la tierra seca. Sólo la mano derecha se movía aún sosteniendo laborosamiente la espada. Se agitó convulsamente en el aire, como la mano de un títere, y luchó por dirigir la punta de la espada hasta la base del cuello. …La hoja vacilante tomó finalmente contacto con la piel desnuda de la garganta…. Echó su cuerpo violentamente contra la hoja y el filo perforó su cuello, apareciendo luego por la nuca…” Yukio Mishima, japonés, nominado en tres ocasiones para el Nobel de Literatura, apasionado defensor de las tradiciones nacionales y del código de honor de los samuráis (bushido). Tras secuestrar a un general se infringió públicamente, junto a otros miembros de su congregación, el seppuku o evisceración ritual. Seguidamente fue decapitado por un cadete de su orden. |
lunes, 18 de diciembre de 2006
Me gusta la vida fácil
Me gusta la vida fácil de Henri Roorda
“Tras haber trabajado arduamente durante treinta y tres años, me siento cansado. Pero todavía tengo un apetito magnífico. Y es este apetito el que me ha hecho cometer muchas estupideces. Felices sean aquellos que tienen un mal estómago, pues siempre serán virtuosos.
Tal vez no seguí bien las reglas de la higiene. Parece ser que los que viven de manera higiénica pueden llegar a una edad avanzada. Pero ésta es una tentación que nunca he sentido. En adelante quisiera llevar una existencia cómoda y, especialmente, contemplativa. Con la embriaguez de espíritu, con fugaces emociones, desearía, de la mañana a la noche, admirar la belleza del mundo y saborear algunos de los “alimentos terrestres”.
Pero, si permaneciera en la tierra, no tendría la vida fácil que tanto me tienta. Y es que todavía debería realizar, durante mucho tiempo, tareas monótonas y soportar penosas privaciones para reparar las faltas que he cometido. Prefiero desaparecer”.
Henri Roorda, profesor de matemáticas y autor de ensayos, decía que “el público tiene una afición muy pronunciada por el melodrama”. Se suicidó el 7 de noviembre de 1925, al día siguiente de terminar este texto.
“Tras haber trabajado arduamente durante treinta y tres años, me siento cansado. Pero todavía tengo un apetito magnífico. Y es este apetito el que me ha hecho cometer muchas estupideces. Felices sean aquellos que tienen un mal estómago, pues siempre serán virtuosos.
Tal vez no seguí bien las reglas de la higiene. Parece ser que los que viven de manera higiénica pueden llegar a una edad avanzada. Pero ésta es una tentación que nunca he sentido. En adelante quisiera llevar una existencia cómoda y, especialmente, contemplativa. Con la embriaguez de espíritu, con fugaces emociones, desearía, de la mañana a la noche, admirar la belleza del mundo y saborear algunos de los “alimentos terrestres”.
Pero, si permaneciera en la tierra, no tendría la vida fácil que tanto me tienta. Y es que todavía debería realizar, durante mucho tiempo, tareas monótonas y soportar penosas privaciones para reparar las faltas que he cometido. Prefiero desaparecer”.
Henri Roorda, profesor de matemáticas y autor de ensayos, decía que “el público tiene una afición muy pronunciada por el melodrama”. Se suicidó el 7 de noviembre de 1925, al día siguiente de terminar este texto.
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